Niños Felices, Adultos Saludables


Pocas veces vemos relación entre lo que hacen los niños y a lo que dedicarán su vida de adultos, en términos de salud física y emocional. Así lo afirma un reciente estudio impulsado por el Sociólgo Matthew A. Anderson, de la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad Baylor (Filadelfia, EEUU).
Un entorno emocional propicio en la infancia suele hacer de nuestro crecimiento algo más sano y feliz. Estos factores psicosociales favorables aumentan el índice de salud cardiovascular en la edad adulta. El estudio, en el que se evaluó a 1.089 participantes de entre 3 y 18 años, a los que se volvió a controlar 27 años más tarde, determina que los niños y adolescentes con mayor presencia de componentes idóneos durante la infancia tienen un 35% más de probabilidades de gozar de una buena salud en la edad adulta.


Además, estos factores se asocian a un 14% más de posibilidades de tener un índice de masa corporal normal, a un 12% más de probabilidades de no ser fumador y un 11% superior de tener un correcto nivel de azúcar en sangre.
Se tomaron en cuenta tres causantes indicativos de una infancia feliz: la capacidad de mantener la concentración, un ambiente familiar positivo y capacidad cognitiva.


Aquello que no sabemos hacer pero que, a base de repetición aprendemos, es un hábito, y éstos, generalmente, tienen connotaciones culturales, como lavarse los dientes o comer con cubiertos. El niño es un ser inteligente que aprende muy rápidamente y es susceptible a aprender cosas nuevas cada día. Algunas acciones en forma de hábito harán de los niños adultos sanos y felices.


Educar la voluntad

Un gran desafío, pero con resultados inmensos. Para incentivar esta voluntad como hábito, es imprescindible integrar la afectividad y las emociones.
También deben aprender el valor del esfuerzo, relacionando esta energía con algo placentero y divertido, de manera que se desvirtúe el prestigio social de una actitud inmediatista. Estas acciones funcionan con mayor éxito desde los 4 y 12 años de edad, pues es la etapa más fértil para educar la voluntad de nuestros hijos.


El deporte

Posee connotaciones sociales y psicológicas que forjan la personalidad. El juego deportivo enseña a seguir las reglas, socializar y actuar en equipo hacia intereses colectivos. Al frenar los impulsos demasiado enérgicos, el niño desarrolla el sentido de la cooperación.
El deporte también propicia la buena motrocidad, favorece el crecimiento y estimula la salud.


Una dieta equilibrada

Comer bien es reconocer, aceptar y disfrutar de todos los alimentos. El rol de los padres será ayudar a que los niños disfruten de un menú variado y que aprendan a apreciar los sabores naturales de los ingredientes, sin necesidad de añadidos ni disfraces.


La risa siempre será la mejor vitamina


La risa y el humor aparecen en edades muy tempranas y, poco a poco, hasta la adultez se va perdiendo esa capacidad de reír. Desarrollar este hábito estimulará a los niños a crecer felices, seguros y sabiendo expresar sus emociones.
Al reír, el cerebro libera catecolaminas, que son neurotransmisores asociados al placer y la felicidad. También libera endorfinas, los analgésicos naturales y aumenta la secreción de serotonina disminuyendo así los estados depresivos, elevando las defensas y fortaleciendo el sistema inmunológico.

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